miércoles 8 de diciembre de 2010

Democracia. Y tres puntos

Un grupo de amigos me manda una propuesta del entorno del 15-M para que les de mi opinión. Se trata de una propuesta radical de reforma del sistema parlamentario. Se esta difundiendo por las redes sociales bajo el nombre de Democracia 4.0. Puede verse en http://www.demo4punto0.net/es/home. Asi que vamos a ello.

Ufff,  ante todo me parece una propuesta muy complicada, bajo su aparente simplicidad. Lo de menos es que tenga un puntito de locura, porque como yo lo veo tal como están las cosas lo que necesitamos son propuestas originales y atrevidas aunque parezcan locuras. La propuesta es fresca pero a la vez plantea algunos importantes problemas.

Toda la iniciativa parte de la base de aceptar que los parlamentarios nos representan perfectamente, de tal modo que efectivamente los diputados en el parlamento son una proyección, reducida, de la sociedad. De hecho la esencia de la propuesta es "restar" a cada decisión del Parlamento el porcentaje de representatividad correspondiente al numero de ciudadanos que quiera participar a través de internet en cada una de sus votaciones. El lado malo seria que con ello aceptamos que los diputados pueden legítimamente hablar en nombre de la gente. Aunque sea de la gente que no vote por internet. Mi postura es algo distinta; hace mucho que me niego a aceptar que los diputados hablen en nombre de nadie. Quiero decir que prefiero mantener mi derecho a rechazar las decisiones del Parlamento, en las que no participo ni directamente ni por intermediarios. Si triunfara la iniciativa democracia 4.0 tendría que callarme (o votar yo y cuatro locos mas por internet) y aceptar que lo que el Parlamento decida es como si lo hubiera decidido yo.

El segundo punto a destacar es que se parte de una idea cutre de democracia decisoria. Como si la democracia consistiera exclusivamente en un procedimiento para decidir, no en respetar unos valores. Quiero decir que hace ya tiempo que la democracia no es cuestión de mayorías y minorías sino de respeto a los derechos fundamentales. Por el hecho de que vote más gente las decisiones no son automáticamente más o menos democráticas. Si 35 millones de españoles votan por internet que hay que castigar a los "terroristas" con pena de muerte, o cadena perpetua, eso no significa que sea una decisión democrática. Si pienso, por ejemplo, en la mayoría de las iniciativas radicales de defensa de los derechos humanos en cualquier sociedad, miedo me da que se pueda votar por internet y que eso se considere el colmo de la democracia. A ver cuanta gente vota, en cualquier país, que se investiguen las torturas del Gobierno, o que mejoren las condiciones en las cárceles o muchas otras cosas absolutamente justas, pero desgraciadamente minoritarias.

El tercer punto flaco, para mí, seria la cuestión territorial. El sistema parlamentario español se basa en diputados elegidos provincialmente. Eso permite una cierta representación territorial. El típico argumento de que un diputado necesita más votos para ser elegido en Madrid que en Cuenca olvida que eso es así para que Cuenca tenga sus representantes. Cuando se dice que "somos" 35 millones se parte siempre de una perspectiva centralista en la que todo el Estado aparece como una unidad. Unidad de intereses y de opinión. La perspectiva estatal es importante. Así, entiendo el problema electoral de izquierda unida, por ejemplo, que paga caro el ser la tercera fuerza en todos sitios pero no ser la primera en ninguno. Algo parecido le puede pasar a UPyD. Eso es un fallo que hay que mejorar, sin duda, pero no a costa de hacer una circunscripción de todo el Estado que deje fuera del parlamento de Madrid a todo el que no sea un partido estatal con presencia en todas las provincias. La propuesta esta de Democracia 4.0 calcula la representatividad a partir del total de electores, lo que a la larga llevaría a que a la hora de votar se marginen las opciones que no sean de todo el Estado y se favorezca mucho a las opciones de los lugares mas poblados (Madrid).

En fin, que me parece interesante por aquello de animar el cotarro y de provocar, pero esas cosas hay que verlas con cierto cuidado, porque si algún día salen de verdad, se corre el riesgo de que a la larga sean menos democráticas que lo que tenemos ahora.

Disculpad el exceso y el coñazo.

viernes 24 de septiembre de 2010

Contra la bondad absoluta del Estado de Derecho (Por una sociedad participativa y unos políticos menos entrometidos)

La democracia participativa supone, en verdad, un nuevo modelo político. No se trata simplemente de reformar lo que hay, sino de construir un nuevo modelo, por completo diferente al de la democracia partidista o representativa.
Implica cambiar el mecanismo de toma de decisiones en el ámbito institucional, la gestión de los espacios institucionales e incluso el modo de gestión del espacio público.
Este texto, creado como basee para una charla que tuvimos hace unos días, reflexiona sobre uno de los presupuestos imprescindibles para hacer posible la participación: acabar con el expansionismo de las leyes; quitarles parte del halo democrático que las envuelve, y reducir con ello, también, la invasión de los políticos.
democraciaQuizás suene a paranoia libertaria, que es a lo que suenan las utopías cuando uno quiere que sigan siéndolo. Pero quizás por eso mismo puede merecer la pena detenerse un momento y, al menos, hacer una pequeña reflexión sobre todo esto.
El Estado de Derecho como un fracaso del diálogo.
La ley es el fracaso del diálogo. Esta es la idea que tiene que servirnos de punto de partida y sin duda a muchos les suene extraño. Incluso puede parecer una exageración, porque lo habitual es oir sólo opiniones positivas sobre las leyes. Oir que el derecho es el triunfo de la razón; que el imperio de la ley es el culmen de la democracia; que lo civilizado es someterse a la ley.
Pero ya el mejor jurista de todos los tiempos, Hans Kelsen, insinuaba en su momento que la ley no es eso . Kelsen es famoso por ser una de las primeras personas que entendió el derecho como un sistema lógico en el que en el que no hay lugar para la arbitrariedad y cada acto de poder debe venir previsto en una norma superior. Un sistema basado en la aplicación lógica de la norma escrita. La coherencia de esta comprensión estrictamente racional del sistema legal exigía partir de la diferencia entre moral y ley: la moral es lo que la gente considera que está bien o mal, la ley lo que está permitido o prohibido. Así, ser un egoísta insolidario es algo rechazable moralmente  , pero que la ley no prohíbe.
Las leyes se aplican de manera lógica, pero la norma en sí misma no se crea por cuestiones lógicas. Lejos de ello, Kelsen, que era un sabio, parte siempre de que la esencia de toda jurídica es un acto de voluntad, no de razón. O sea, que las leyes no dicen lo que dicen porque tenga que ser así necesariamente, sino porque alguien las ha escrito y ha decidido que sean así. En la sociedad hay, pues, gente que hace normas y gente que obedece las normas. Los que hacen las leyes son los únicos que, en un Estado de Derecho,  ejercen el poder; los demás, lo sufren.
Para que no se note etso, es decir, que la ley es, en gran medida, un mecanismo de dominación, solemos acudir a la idea de que la ley es justa porque se aplica a todos por igual. O sea, que los políticos, que son quienes las hacen, también están sometidos a la ley. De ese modo nos resulta menos doloroso aceptar la realidad de que hay personas que se dedican a decidir qué se puede hacer y qué está prohibido. Es cierto que ellos se someten también a las leyes, pero al fin y al cabo no es lo mismo obedecer lo que tú has creado, que lo que otros te imponen.
Históricamente, además de la igualdad en su aplicación, el organizarse mediante normas trajo un beneficio esencial: la previsibilidad. A uno le basta con mirar un papel (o, modernamente, llamar a un abogado) para saber si algo es legal o no; si se puede hacer o no, y cómo.
Sin duda, organizar así la sociedad, mediante normas jurídicas, es un triunfo frente a la violencia o al despotismo irracional. Sin embargo, por eso mismo, también es cierto que las normas evidencian el fracaso del diálogo.
Si partimos de que la violencia, la agresividad irracional y la explotación caprichosa del otro son los peores mecanismos de articulación de una sociedad libre, la ley es un remedio aceptable.
Mejor una norma escrita, hecha por unos poderosos señores y señoras pero aplicable a todos y conocida de antemano, que vivir sometido al capricho permanente de los poderosos.
En cambio, si uno acepta que en ocasiones es posible ponerse de acuerdo sin violencia, nuestro ideal ha de ser que las decisiones sean fruto del diálogo y de la voluntad de todos; no meras órdenes de los que mandan. La ley es una imposición, un parche que se pone a la fuerza, para evitar la violencia o la irrazonalidad, pero no es la situación ideal. En definitiva, como mucho la Ley es un mal menor, pero conformarse con un mal menor implica renunciar a la esencia del progreso humano; hay opciones mejores.
La poca fe en las personas
Parte de la mitificación del Estado de Derecho se debe a que hay mucha gente convencida universalmente de que somos por completo incapaces de organizarnos y de relacionarnos los unos con los otros sin recurrir a la violencia. O sin intentar imponer nuestros intereses mediante artimañas de todo tipo. Para quien viva con esta profunda desconfianza hacia las personas, la ley –evidentemente-es el único sistema posible.
La realidad demuestra, sin embargo, que a menudo es posible negociar y ponerse de acuerdo en muchos sitios y en muchas cosas. El progreso no puede venir representado por una sociedad policial en la que la convivencia sólo es posible gracias a la actitud vigilante de los legisladores. Un progreso así entendido no haría más que debilitar nuestras aptitudes personales para el diálogo. Si nos refugiamos siempre en la Ley perdemos la habilidad de negociar, de ceder, de interactuar y construir en común. En vez de ejercitar los músculos del diálogo, de ejercitar la capacidad de ceder o reflexionar buscamos un legislador que escriba una norma y nos ahorre todo ese esfuerzo. Aunque ese esfuerzo esté en la esencia misma del ser humano.
En cambio, en una sociedad basada en que aspiramos a convivir, a construir en común y participar, la ley sólo puede entenderse como un remedio subsidiario. Como un mal menor al que  sólo acudiremos en casos extremos, cuando no sea posible un acuerdo justo.
we canSi la ley pasa por un excelente momento de salud es porque casi nadie cree ya en la posibilidad de la convivencia. Casi nadie cree honestamente en las posibilidades de  la educación y el progreso como mecanismo de liberación. Por eso se ha extendido el lugar común de que sólo aquello que aparece regulado en una norma jurídica es aceptable y democrático.
La esperanza de una sociedad solidaria cuyos ciudadanos y ciudadanas aprendan a relacionarse solidariamente, a apoyarse, entenderse y construir el futuro juntos, exige reducir el terreno de la ley. ¿A nadie le extraña que en los países donde no hay normas jurídicas regulándolo todo la cohesión social sea mucho mayor? Por supuesto que en esos lugares la cohesión a menudo se basa en la represión, el miedo o la fuerza. Aún así el reto aunténticamente interesante es construir un mundo donde la cohesión social sea similar a la de esos países, pero descanse sobre la base de la libertad. Intentarlo en vez de conformarnos.
El desarrollo personal exige libertad; no puede venir entero previsto en una ley
Nada más lejos de mi intención que abrir el melón la duda sobre la legitimidad de las leyes. Si aceptamos gobernarnos mediante normas jurídicas, después no debemos poder eximirnos tranquilamente de cumplirlas alegando razones religiosas, ideológicas o personales. No se trata de eso aquí, sino de poner en duda la premisa: no acepto que toda nuestra vida y nuestros conflictos tengan que venir previstos y resueltos en la ley. Reclamo la provisionalidad del estado de Derecho y la necesidad de que cada vez haya menos normas, de fomentar que la gente cree y gestione sus espacios de decisión libre. La cuestión es que, a base de creernos que la ley es la bondad personificada, y de glorificar el derecho, la situación actual en las sociedades avanzadas es una tendencia general y muy extendida a reducir progresivamente las posibilidades de autoorganización de la sociedad.
Cuando uno pasa algún tiempo viviendo en cualquier país de los que llaman “subdesarrollados” lo primero que le llama la atención es la felicidad de vivir en un sitio sin tantas normas. Uno puede montar en moto sin casco; quien quiere poner en marcha una tienda no tiene más que abrir la ventana de su casa; se construye donde se puede y los problemas se arreglan a menudo en asambleas colectivas, buscando el apoyo de las mujeres o de los viejos, y tomando en cuenta la realidad del caso, en vez de aplicar a todos el mismo rasero. Entonces uno, convencido por la propaganda de la Ley, se dice: “claro, las leyes son necesarias pero…¡qué feliz se vive sin ellas!”.
Ese conformismo es el que nos permite vivir ignorando la permanente invasión de las leyes. En mis primeras estancias largas en Alemania, hace años, me pasaba justo lo contrario, volvía asqueado de los millones de prohibiciones que me impedían ir en bici sin faros o cruzar la calle alegremente. Hoy día nuestro país no es muy diferente de aquello.
Al renunciar a alcanzar un modelo de sociedad solidaria y participativa, hemos terminado por confundir el progreso social con la capacidad de regular todo mediante normas.
Consideramos avanzada a la sociedad en la que se excluye cualquier atisbo de anarquía o iniciativa no regulada. Como si las leyes fueran producto de la razón y el diálogo, y no lo que en verdad son: actos de voluntad de los políticos. Y aquí puede hablarse ya de “los políticos” como un grupo social unificado, integrado por quienes ejercen el poder de la ley y enfrentado a “la sociedad” que integra a quienes sufren el poder de la ley. Una estructura clásica de dominación, o de explotación.
En definitiva, el problema de la Ley no está en lo que es: un mecanismo igualitario de ordenación racional a partir de las decisiones que toman unos tipos designados socialmente para ello. El problema está en lo que impide. Cuando los políticos exigen que hasta el aspecto más ínfimo de nuestro existir venga regulado en alguna de las normas que ellos hacen, están volviendo ilusoria la participación ciudadana en la toma de decisiones, si por participación entendemos disfrutar de espacios libres de decisión. Los atontan, los explotan, y después se quejan de que no participen a través de los cauces raquíticos que ellos les han previsto.
El mito de la protección de los débiles
A estas alturas de discurso cualquier lector de pro estará pensando que las leyes son necesarias, que sin leyes los débiles estaríamos siempre a merced de los más poderosos, de los más fuertes, de los más listos, de los más ricos. Pues sí, estoy de acuerdo. Por supuesto que hacen falta normas, sobre todo que protejan a los débiles frente a los poderosos. Normas que protejan el paisaje y el medio ambiente frente a la especulación y la explotación; normas que eviten la indefensión de los trabajadores ante sus patronos o que castiguen la violencia contra las mujeres. No me cabe duda.
Esas normas existen y parece que, tal y como estamos, deberán seguir existiendo mucho tiempo. Sin embargo a este respecto merece la pena hacer al menos tres puntualizaciones. Primera, que la idea de que la ley protege al débil frente al poderosos plantea también la de quién defiende al ciudadano frente a los políticos que hacen las leyes. Segunda, que de lo que hablamos no es de que desaparezcan las leyes, sino de que se frene de una vez la fuerza expansiva de las normas que lleva a pensar que las instituciones pueden regularlo y acapararlo todo. Tercera, que la  protección del débil exige una previa definición de quién es el débil, que la hacen los mismso que hacen las leyes.
La magnitud de esta tendencia se percibe mejor en las normas de menor ámbito. Resulta más evidente en las ordenanzas municipales que en las grandes leyes. Así, en nuestros países uno no puede ir a un mercadillo a vender o intercambiar los cacharros viejos que tenga en casa, si no
tiene licencia de vendedor y se dice que es para proteger al consumidor. Desaparecieron los mercadillos de animales, para proteger a los viandantes que se ve que no podían pasar entre el revoloteo de plumas de paloma y a los propios animales, que se arriesgaban a vivir sin vacunas. Al mimo que actúa en la calle se le pide una tasa por usar el espacio público. Los bares ante los que se concentra la gente en la calle charlando se cierran para proteger a los vecinos (de tanta charla incontrolada, se entiende). Hay normas que regulan el tamaño de los carteles que se pueden pegar en la calle, que sancionan a quien escupe en el suelo, que establecen el color con que se deben pintar las casas; para protegernos de nosotros mismos. En algunas playas están prohibidos los castillos de arena; en casi todas, los perros y hasta los balones. Todas estas normas son para proteger a los débiles, claro. Como la prohibición absoluta de fumar en todos los locales. Pero en la definición de débil (el consumidor frente a quien vende en un mercadillo, el vecino propietario de un inmueble frente a quien charla en la calle, el ciudadano tumbado en la playa frente a quien la disfruta de manera activa) hay mucho de definición del modelo de sociedad y casualmente cada vez más apunta a una sociedad conformista, pasiva, defensora de la ley.
La ficción de que el derecho protege al débil a menudo es sólo eso, una ficción. Para empezar porque la propia existencia de la norma altera los parámetros de fuerza y debilidad basta que la ley le dé a alguien derecho a algo para que éste lo ejerza de manera arrogante contra los demás. Desde que en mi ciudad hay carriles especiales para bicicletas los ciclistas se han vuelto agresivos contra los peatones. Si un peatón anda por uno de esos carriles (algo que la ley prohíbe) se expone a los timbrazos, gritos y la amenaza de atropello constante por los ciclistas respaldados por la ley. Antes, cuando ni unos ni otros contaban con el respaldo de una norma clara, ambos se respetaban y se habían acostumbrado a convivir. Lo que antes era acuerdo espontáneo, ahora es imposición normativa, y provoca un importante deterioro de la convivencia.
En fin, no dudo de que todas estas normas son buenas, sabias y una demostración de civilización, pero el derecho no lo es todo, ni es el único camino. En algunas ciudades escandinavas están descubriendo que quitar semáforos en los cruces proporciona una tremenda agilidad al tráfico.
Es cierto que en algunos países africanos nunca ha habido semáforos y, quizás eso tenga que ver con que el tráfico sea caótico, pero me resisto a creer que no sea posible un sistema de tráfico en el que los conductores (y los peatones) interactúen de tal manera que no se imponga siempre el fuerte al débil, sin necesidad de que sean los políticos los que decidan cómo debe articularse el tráfico.
Los políticos se apropian de todos los espacios de decisión
En ocasiones las leyes vienen a establecer un marco de seguridad en el que todos y todas podemos desenvolvernos sin miedo de ser débiles; pero otras veces no es así. Con frecuencia, mediante las leyes, los decretos, los reglamentos, las órdenes y las ordenanzas los políticos imponen su voluntad –casi siempre malinformada y ajena a la realidad- sobre una ciudadanía que
hasta el momento, mal que bien, había encontrado su propia manera.
Está mal visto que los ciudadanos interactúen entre sí, está mal visto que sean ellos decidan libremente la configuración de la ciudad en que habitan, está mal visto -en definitiva- que haya espacios que no vengan regulados de manera previa y estatal. El diálogo y el acuerdo están mal vistos.
Las ciudades de la mayoría de los países del sur son aglomerados anárquicos donde las calles y plazas surgen espontáneamente, donde son los propios usuarios los que definen la estructura, sin control. Así sucedía también aquí antiguamente y gracias a eso nuestras ciudades más antiguas no son todas rectas y racionales y tienen su propia personalidad. El progreso nos ha llevado a una situación del todo contraria. Antes eran los vecinos los que decidían todo, ahora son los políticos quienes toman hasta las decisiones más pequeñas respecto a la configuración de la ciudad.
Evidentemente, gracias a las normas urbanísticas evitamos aquí desmanes que sí se dan en otras latitudes: la destrucción de bienes históricos de alto valor, la contaminación paisajística, la invasión de las calzadas públicas.
Sin embargo está protección “del débil” sirve también de coartada para privar a los ciudadanos de todo poder de decisión. ¿Por qué han de ser los políticos quienes decidan dónde se ponen bancos, papeleras o aparcamientos de bicicletas? Incluso cuando en alguna ciudad la gente
se ha acostumbrado a usar un determinado hueco para sentarse a charlar o aparcar sus bicicletas, pese a ello los políticos se sienten siempre legitimados para definir el modelo de ciudad.
Poco importa que los ciudadanos y ciudadanas prefieran las plazas con zonas verdes, o que quieran que los centros cívicos abran los sábados, o que prefieran colocar en las calles bancos para descansar. Los políticos no respetan nada que no sea su propio capricho y creen incluso que entre sus funciones está la de sustituir a sus ciudadanos. Y eso es así porque creen, equivocadamente, que al designarles para su cargo el resto de ciudadanos renunció a decidir nada y aceptó a someterse a sus ocurrencias malinformadas. Como si en una clase de la Universidad los alumnos eligieran a un delegado de curso y éste se creyera que por estar elegido puede colocar los exámenes en las fechas que a él personalmente más le convengan.
En nuestro sistema actual los programas políticos recogen la voluntad del partido. Son exhaustivos y se hacen con la promesa de que “si ganamos, imponemos nuestro programa” .  Creen que  si los designan para un cargo o una función, los ciudadanos les están dando carta blanca darán carta  para imponer una voluntad; ninguno propone decidir menos, ampliar la democracia y dejar que las hombres y las mujeres que no tienen cargos públicos construyan y administren zonas de libre decisión.
En en este modo de entender la sociedad, extendiendo el terreno de la ley y las instituciones, hay una terrible perversión del ideal democrático. Por mucho que a los políticos les parezca lo contrario, la esencia de la democracia no está en nombrar a cargos para que decidan en nombre de los demás. La esencia radical de la democracia es justo lo contrario: lograr  que cada uno pueda participar lo máximo posible en las decisiones relativas a su propio futuro. La democracia no es elegir dictadores cada cuatro años, ni imponerse a la minoría; la democracia es libertad para decidir cotidianamente dentro del respeto a los demás. Sólo eso.
Participar es decidir
Democracia, por tanto,  es decidir y respetar. Sin embargo, la intelectualidad institucional intenta reducir la idea de participación a que los ciudadanos colaboren -cuando sean llamados a ello- en toda clase de mecanismos consultivos, vacíos de contenidos. La mayoría al final sólo sirven para legitimar la opresión política: consejos asesores, plazos de alegaciones públicas,  supuestas asambleas participativas (casi siempre controladas y capadas)… son más de lo mismo. Migajas que ofrecen algunos políticos que, sin renunciar a su poder, quieren parecer cercanos a la sociedad y tolerantes con las decisiones populares.
Pero las migajas no bastan para construir un sistema que realmente pueda llamarse democrático. La democracia participativa implica un cambio radical de mentalidad: frenar decididamente el terreno de la ley; acabar con tantas normas arbitrarias que ocupan innecesariamente espacios donde serían posible decisiones fruto de la iniciativa y la libertad anárquica de la ciudadanía.
La auténtica participación democrática no es acudir a la llamada de los políticos. No es colaborar en los referéndums, consultas, audiencias y votaciones que ellos planteen, sino tener la capacidad de decidir día a día. Implica libertad en la iniciativa y control sobre la decisión final. Es una idea que, sin duda, debe plasmarse de manera distinta en el terreno de la participación en las instituciones y en el de la gestión autónoma del espacio público. Pero debe abarcar a ambos. Decidir en nuestra vida ciudadana, pero también en la gestión pública: libertad para que sea la sociedad quien decida de qué color se pintan las casas, qué espacios públicos deben ser peatonales, cómo deben organizarse los turnos en la piscina pública o a qué hora se cierra el mercado.
En los ámbitos institucionales la idea de democracia representativa puede encontrarse con más limitaciones, pero también tiene un espacio propio: así, en el seno de la Universidad pública, no basta con consultar a los estudiantes a la hora de establecer los horarios de clases, sino que es necesario permitir ellos los que en última instancia decidan estos horarios.
victoria
En la calle, en cambio, el papel de los políticos debería ser justo el contrario al actual: en vez de acaparar decisiones -con la soberbia que da el creerse que su elección es una auténtica patente de corso-, trabajar para liberar espacios desregulados e incitar a la participación espontánea. En definitiva, fomentar, apoyar y armonizar la gestión autónoma del espacio público.
Tengo amigos y amigas que son o han sido políticos y, pese a eso, son personas excelentes. Incluso conozco a algunas personas que aspiran a ocupar un cargo público, y se presentan a las elecciones y aún así son intrínsecamente buenas. Sin embargo, en la medida en que no sean
conscientes de que la parte esencial de su trabajo debería ser renunciar a sus propias competencias, resultarán tan peligrosos como los demás.
En un modelo participativo los responsables políticos, deben trabajar día a día para quitar terreno a la ley, allí donde pueda no ser necesaria. Quizás los músicos callejeros deben encontrar su espacio mediante el diálogo cotidiano con la gente -como lo encuentran las colectas populares de los grupos de villancicos o los ensayos de las bandas de música para las fiestas populares – y seguramente no sea necesario prever licencias municipales para todo. Posiblemente tampoco corresponda al Estado agotar todas las posibilidades de decisión sobre le urbanismo. Y hay medidas para defender al consumidor menos intensas que prohibir los mercadillos de intercambio y venta de enseres viejos o cerrar los bares donde la gente charle de pie o tire las cáscaras al suelo.
Sé que todo esto suena tremendamente impopular. Implica un esfuerzo para confiar en la incertidumbre de la desregularización y aprender a tolerar incomodidades. Todos preferimos que la ley obligue a un modelo que, junto a la comodidad de que todo viene ya previsto, nos regala apariencia de progreso y de civilización.
Además, como buenos progresistas, queremos que el derecho ampare a los ciudadanos de
progreso frente a los que fuman, frente a los que gritan en los bares, frente a los que ensucian las calles o afean las fachadas. También exigimos que desaparezca la arbitrariedad aunque nos lleve a convertirnos en una sociedad fría, insulsa y apática.
Algún día, cuando todos seamos iguales -igual de racionales, limpios y obedientes- alguien protestará contra todo esto. Seguramente sea un poco tarde. Quizás para entonces nuestras ciudades se hayan convertido en un aeropuerto; en un espacio donde todo está prohibido y regulado, por donde hay que transitar con el carnet en la boca y sometidos a normas que especifican el tamaño y la textura de todo lo que podemos hacer o tener. Ya hemos conseguido vivir en Alemania; lo próximo, el aeropuerto.

martes 24 de agosto de 2010

El velo en la escuela: lecciones francesas

oaquín Urías / No creo que la polémica sobre el uso del “velo” islámico en algunos institutos españoles haya cogido a nadie por sorpresa. Cualquier lector habitual de prensa recuerda, sin duda, la descomunal polémica sobre el asunto desatada en Francia hace seis o siete años.
La cuestión es si, conociendo lo que pasó allí, seremos capaces de evitar ahora una deriva similar o estamos trágicamente condenados a repetir su historia.
En Francia a mediados de 1989 a un par de niñas –Leila y Fátima- se les prohibió acudir a su instituto llevando el ‘hiyab’, es decir, el pañuelo islámico que les cubría todo el cabello. La dirección del centro educativo justificó la medida en la necesidad de “respetar el carácter laico” del establecimiento escolar.
semarangInmediatamente, numerosas organizaciones de izquierdas y antirracistas salieron en defensa del derecho a llevar velo y otras en contra. Aunque las niñas llegaron a un acuerdo con el centro (se quitaban el pañuelo durante las clases pero lo llevaban el resto del tiempo) la convulsión social ya no se detuvo. L’Humanité, el periódico del partido comunista francés, encabezó la lucha a favor del derecho a llevar velo, en aras del respeto a su cultura. Frente a él, Liberation, el gran diario de izquierdas, tomó partido por la necesidad radical de prohibición de símbolos religiosos.
Inmediatamente por todo el país comenzaron a surgir institutos que prohibían el velo. En casi ninguno de ellos la cuestión del velo había sido un problema hasta entonces. Centenares de niñas fueron expulsadas en los años siguientes, mientras se sucedían debates, manifestaciones y todo tipo de opiniones y estudios sobre la laicidad y el uso del velo en los centros escolares públicos.
Casi todos los casos acabaron en los Tribunales, que demostraron que tampoco tenían una única solución, de modo que prácticamente  la mitad de las expulsiones fue anulada y la otra mitad mantenida. La situación se volvió insostenible. No sólo era una causa de profunda división en el país, sino que el uso o no del velo se convirtió en una toma de posición mucho más radical de lo que había sido antes.
Finalmente el presidente Chirac encargó a una Comisión, dirigida por Bernard Stasi, la elaboración de un proyecto de ley que en 2004 resultó aprobado por amplia mayoríaen el Parlamento francés. Conforme a la nueva ley francesa, quedó prohibido todo signo religioso “ostensible” en las escuelas francesas. Pese a quienes anunciaban catástrofes y rebeliones la ley ha sido bien aceptada por la sociedad y la polémica, hoy día, prácticamente ha desaparecido.
 La experiencia francesa debería servir de algo ahora que se ha planteado el primer caso español. No parece que por ahora sea así: en los medios de comunicación españoles y en los debates en las redes sociales se están repitiendo, calcados, los argumentos franceses.
Conviene señalar que en Francia, como aquí, la izquierda se hallaba dividida sobre el tema. En ese ámbito político de un lado se invocaba la laicidad del Estado y la libertad de la mujer y del otro el respeto a las distintas culturas que, por la inmigración, han pasado a formar parte de la sociedad. Exactamente igual que sucede ahora en España.
En el ámbito político de la derecha, sin embargo, no sucede igual. Toda la derecha francesa, en bloque, se alineó en contra del velo y por la laicidad de la república. Aquí, en cambio, el peso de la Iglesia Católica ha llevado a distintos sectores a apoyar la libertad de llevar signos religiosos en los centros educativos públicos, sean de la religión que sean.
Una visión de conjunto del problema lleva a la conclusión de que no hay soluciones evidentes ante un problema con tantas perspectivas en juego. Ante todo combiene destacar que hay dos líneas esenciales de discusión. De una parte está el debate sobre la posición de la mujer, de otro el debate sobre la religión en la escuela. En Francia se habló mucho más sobre escuela y laicidad, aquí, por el contrario, por ahora parece que se habla más de mujer y escuela.
A primera vista parece que esta perspectiva favorece esencialmente a la Iglesia católica. Una vez que se frustró toda polémica en torno a la presencia de crucifijos en las escuelas, acallando incluso cualquier intento de aplicación de la reciente Sentencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos sobre el tema. La Sentencia no era unívoca, pero aquí se sofocó el debate público nada más nacer. Ahora, con el velo, parece que se hace lo mismo. En eso la Iglesia ha estado inteligente: ha manifestado un moderado apoyo al uso del ‘hiyab’, que le permite adoptar aires progresistas y pone una pica en Flandes de cara al debate sobre los símbolos religiosos.
La izquierda ha aceptado esquivar ese debate sobre la naturaleza de la escuela pública y se ha lanzado a una discusión estéril sobre la discriminación de la mujer cuyas consecuencias se pueden prever.
Es indiscutible que la norma musulmana consuetudinaria que obliga a las mujeres a taparse el cabello resulta discriminatoria para la mujer, al menos desde la perspectiva occidental. Sin embargo cualquier opinión sobre el uso del velo en la escuela que se sostenga en ese hecho cierto se enfrentará a dos problemas. El más evidente, la cuestión no resuelta relativa al grado de voluntad de la mujer que usa ‘hiyab’. Ponerse a discutir sobre eso no lleva a ningún sitio: como toda costumbre, ni es por completo impuesta ni es totalmente voluntaria.
El segundo problema dialéctico, menos evidente, es que en nuestra cultura también hay costumbres más o menos impuestas que discriminan a la mujer. Abordar el debate del velo desde esa perspectiva obligaría también a discutir si permitimos en nuestras escuelas el uso de barra de labios, pendientes o falda, elementos todos que, en la medida en que son de uso exclusivo de la mujer y tienen originariamente un objetivo estético cosificador, también suponen una discriminación a la mujer.
En definitiva, creo que abordar la cuestión del velo desde el debate sobre la discriminación de la mujer impide alcanzar ninguna conclusión y aboca, necesariamente, a posiciones estéticas, en las que no puede haber consenso. En el mejor de los casos ese debate terminará por marginar a una minoría inmigrante ya bastante marginada, y obviará cuestiones de mucha más trascendencia social que quedarán ocultas.
Frente a ello considero que resulta mucho más positivo abordar la cuestión desde el punto de vista de la escuela pública. No se trataría de la eterna discusión de si el ‘hiyab’ o el hábito de monja son voluntarios o impuestos, sino de qué modelo de educación pública debe proporcionar un Estado social avanzado y multicultural.
En este punto conviene recordar que los algunos de los principales países de mayoría islámica del mundo no permiten el uso del velo en la escuela, porque la escuela pública no es confesional. Ni en Indonesia, ni en Turquía, ni en Túnez, por ejemplo, se permite que las niñas lleven el pelo cubierto en los centros educativos estatales. Ese dato nos debería permitir reflexionar acerca de qué es lo que se discute.
 En España no se ha discutido aún, de manera pública, un debate claro y argumentado sobre el papel de la religión en la educación que se paga con el dinero de todos. Posiblemente cada país necesite establecer un grado distinto de presencia religiosa en sus escuelas públicas, conforme a su realidad social y a su tradición; en la misma Francia republicana no se prohibieron totalmente los símbolos religiosos, sólo los ostensibles. Aquí es un tema que no ha sido abordado todavía. Habría, pues, que empezar a hablar, al hilo de la polémica del velo, acerca de cuántas religiones y cuánta religión cabe en los programas educativos. Y cuánta religión y religiones cabe entre los estudiantes, y con qué grado de ostentación. Hasta que se genere un cierto consenso.
Parece que ése es el debate que no le interesa a la jerarquía católica, que ha aprendido de lo que le sucedió a la comunidad judía de Francia. En 1989 el Gran Rabino de París protestó airadamente contra la permisión del velo islámico en las escuelas, porque lo consideraba discriminatorio para los judíos, a quienes los horarios escolares les impiden celebrar sus ritos. Al final, la ley aprobada en 2004 prohíbe tanto el velo… como la kipá judía. Eso sí, en Francia aún se permite que los estudiantes lleven crucifijos de tamaño moderado, y que las alumnas se pinten los labios.

martes 3 de agosto de 2010

A travel to Azerbaijan (from my desk).

Today I was travelling from a satellite. I was travelling with google earth. of course I had also the help of some pages of travellers, but the help of google earth was great, to feel like if I was on the road.

I tried to check how could be a trip from Istambul until Azerbayan by land (by boat it is also possible, from uzbekistan, and those trips sound really nice, but I havent done today).

Since the begining I knew, as every student who has seen a worldmap, that there are only three ways to reach azerbayan from Turkey: by Georgia, by Armenia, by Iran.

So, I first started my trip as all the trips, in the Embassies asking for visa.

First surprise, no possible to go from Armenia to Azerbayan. There is no open border, as far as I know. I checked with google earth all the small villages in the border and i couldnt see any road trespassing....just some casernes! the war finished, but they continue without any direct relationship!

Second surprise, also no open border between Turkey and Armenia. That's some old thing: I guess since the armenian genocide in Turkey in 1917, they haven't open any border. Again, I was slowly following the all border of Armenia, trying to find a play to cross. there are some roads paralell to the border line, but nowhere that seems to be a check point.

So there is only two possibilities: i have to pass, in my imaginary travel, throught georgia or throught Iran.

The border between Turkey and Iran, I know it. it is close to the city of Dogubayezit, where I spent some wonderful days in 1992. I was there in a nice kurdish hostel and we were invited to an armenian marriage. There I visited the faboulous Izakpashasary, magic in the middle of teh desert, and we even rented some motorbikes for enjoying the roads around Ararat mountain and meet some old people who told us their souvenir from the genocide (they showed us the ruins of a church where 75 years ago many armenian people was burned). I have a nice souvenir of Dogubayezit.

And very close, is the border. By google earth is possible to see the inslations of the checkpoint and many, many trucks making a line to cross. I guess if i wasnt in google earth I would have been waiting longtime for my bus passing here. in the meanwhile I found a pic of the gate in the checkpoint, with a nice picture of Jomenei. The gate is in a valley, surrounded by dry hills full of barbwire and militars. as always, turkish militars have paint big turkish symbols in the earth, probably for making it visible by google earth. I felt happy to sea that somebody has made such a big work for us, the net travellers!!

I pass that border. its easy because in the Iranian Embassy they say that now you can get a visa for one week almost in the moment (normal visa needs one month or more). So I cross. In the iranian side it is the first mosque. that one with veryy brighty roolf.

I past the city of Bazargan. Than I cross Maku, that is like a farwest city, builded in a impressive pass between high rocky mountains. Than I continue travelling inside Iran, throught tabriz, until the coast, looking for the border with Azerbayan. I followed a road until the sea and than I reached Astara . It is funny because Astara are really two cities, both with the same name, each one at one side of the border. Both cities are at the sea side. It is the caspian sea. I arrived to the caspian! It is a very pollued sea. The most dirty in the word. In most of it you cant swimm and actually the seaside it not very well kept, but just because it is so wild, I fond it also nice. it was nice to arrive here.

Over the river that is used as a border there is a bridge. I have always loved the borders that are bridges. It is an old metal bridge. The bridge is mostly Azeri, but there are checkpoints in every side, one from each country.

Here, in the checkpoints, I saw many trucks. Waiting for papers. That is a great signal, that means the border goes fluently.

You can get the visa for Azerbayan in the Airport of Baku (it is expensive, 100 euros!) but nobody knows if you can also get in the land border. I try, and as far as internet is free, i enter in Azerbayan. First step of the travel, reached!

I should notice now that i havent find also any border between Iran and Armenia. Than means that from its four neighbors, Armenia has fighted with all except one. Armenia, by land, can only be reached from Georgia.

From Iran i found a nice border with Nagorno-Karabaj. It is in the city of Jolfa and the border is also a metal withe bridge over the Aras river. there were few trucks also there, so i suppoused that is the way that people fom Azerbayan uses to reach Nagorno-Karabaj: throught Iran! I hope the transit visa of Iran is easy to get!

In anycase, as long as i dont want to come back by the same way, after Azerbayan I will go back to Turkey through Georgia.

There I find a surprise: The border is veryyy close to Marneulli, a city where I made a workcamp in 2002. In Marneulli i was working in a project of integrating azeri and georgian people. Now I see it so close what seems to be a border. I saw a bridge and a river. It is called the red river, but I'm not sure is the right border... I'm confuse. I continue checking and I find a real border really in the north; In lagodekhi, more at the north (very close, too much close, to chechenia already). Here the border is again a birdge over a huge river (first time I liked it, now I start to get bored of bridges) and it is decorated in very old soviet fashion. Doesnt seems as having many cars, but i heard it is the favourite border of people cycling over central asia. I will not, so I go back southwest, to Marneuli and the redbridge.

This bridge, at least, is made in bricks. Seems older and nicer. But here the acumulation of trucks is really incredible. Most of trucks cross by a new bridge a bit upper, but I love the old one, that seems to have been here as a border for many centuries.

I'm lucky because I read that now it is not need anymore to get the Georgian visa in advance. Europeans can get it easily in any border. Good new, because when I came here, it was really hard and slow to get it.

So, i cross the Kura River and I am in georgia.

From here the trip is easier, since the border between georgia and turkey has been easy from many years. Now I want to go to Armenia, but i have been too long in the computeer, so I'll do other day.

jueves 1 de julio de 2010

Una revolucion francesa para los inmigrantes

La revolución francesa de 1789 inauguró el mundo de los derechos humanos. Más allá de las anécdotas, lo significativo de ese momento histórico fue que por primera vez se intentó basar un sistema político y social en el convencimiento de que “todos los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos”. El mundo cambió entonces. A partir de ese momento las ideas de igualdad, libertad, democracia y derechos humanos no han hecho más que crecer y asentarse. Hasta el punto de que hoy por hoy salvo algún residuo descerebrado, nadie se atreve a defender un sistema político que no se base en el reconocimiento y la garantía de los derechos esenciales de los ciudadanos.
La declaración de derechos de 1789 que se denominó “del hombre y del ciudadano” contenía dos quiebras fundamentales. La primera haber dejado fuera a la mitad de la población, a todo el género femenino, la segunda dejar sin derechos a los extranjeros. No me voy a ocupar de la primera quiebra porque ha sido debatida con más profusión que la segunda (aunque todavía quede un concepto de ciudadanía simbólicamente masculinizado) sino a la segunda quiebra que nos ocupa en este artículo. Los revolucionarios se reconocían entre sí como ciudadanos y los progresistas del mundo unidos creían en la idea de ciudadanos. Sin embargo la ciudadanía, además de constituir un horizonte idílico de igualdad, es también un concepto excluyente. Es estatus de ciudadano se utilizaba en la Roma clásica para distinguir a las personas que gozaban de la protección de las normas imperiales de los bárbaros. Los extranjeros.
En el mundo del derecho actual la ciudadanía siempre se refiere a un Estado. Así, en el mundo todos somos ciudadanos o ciudadanas, pero cada uno de su país. Se han construido sistemas razonablemente democráticos que reconocen un nivel razonable de derechos fundamentales… pero sólo a sus propios ciudadanos. La revolución francesa cuajó en los estados nación, sobre todo en Europa. Sin embargo, la revolución francesa de los extranjeros aún no ha tenido lugar.
El Tribunal Constitucional español, supuesto garante de los derechos, ha afirmado muy claramente que sólo los españoles disfrutan plenamente de los derechos fundamentales reconocidos en la Constitución. A los extranjeros sólo se les reconocen los derechos más íntimamente ligados con la dignidad de persona y con menor intensidad que a los nacionales. Hasta el punto de que recientemente se les ha negado que gocen de los derechos de asociación o manifestación con las mismas garantías que los españoles. Por su parte, el comisario de derechos humanos del Consejo de Europa Thomas Hammarberg acaba de publicar un informe demoledor sobre la situación jurídica de los extranjeros en Francia. En el mismo, entre multitud de vulneraciones sistemáticas de sus derechos, se señala que la administración, a la que se le piden resultados cuantitativos en materia de expulsiones “aplica la ley de una manera cada vez más mecánica y bajo un ángulo más represivo que no le permite valorar las situaciones humanas que se esconden tras cada caso”.
Efectivamente, la exclusión de los extranjeros del disfrute de los derechos humanos no se manifiesta de su manera más cruda con los nacionales de países desarrollados que deciden cambiar de residencia sino, como es evidente, con quienes procedentes de países en vía de desarrollo se ven en la obligación de emigrar por razones económicas. Paradójicamente, éstas son las personas más desprotegidas, las que a menudo carecen de la adecuada protección por parte de sus países de origen y los más vulnerables frente a diversas formas de explotación. Resulta tremendamente significativo que se les nieguen los derechos fundamentales precisamente a quienes más los necesitan: los derechos humanos han sido asimilados por los sistemas políticos occidentales de tal manera que han perdido todo su valor de transformación. No se trata de quitar valor al papel de la libertad de expresión, el derecho de huelga o el derecho a la educación en nuestro sistema político, pero no cabe duda de que hoy por hoy son los extranjeros quienes invocan sus derechos como único modo de resistencia frente al totalitarismo que los anula como personas. Y justamente a ellos se les niega.
La más reciente muestra de esta política tan inhumana hacia el exterior como aparentemente democrática hacia el interior es la directiva europea sobre los “procedimientos y normas comunes en los Estados miembros para el retorno de los nacionales de terceros países que se encuentren ilegalmente en su territorio”. El título, aparentemente aséptico, no esconde de lo que se trata: de unificar criterios en la Unión Europea a la hora de expulsar a extranjeros en situación irregular. El origen de esta directiva, que ha conseguido ser conocida popularmente como “directiva de la vergüenza”, está en intentar evitar que ningún país tenga una posición más “blanda” que los demás en materia de extranjería; o sea, una forma descarada de acabar con la tolerancia frente a las personas extranjeros que se encuentran irregularmente en cualquier país de la Unión.
En un tono aparentemente aséptico, y hasta garantista, esta Directiva va desgranando una serie de facultades y obligaciones para los Estados que sonrojarían a cualquier defensor de los derechos humanos. La idea que guía toda la norma es la de que a los extranjeros irregulares (los “sin papeles” en la terminología más extendida) hay que expulsarlos de Europa. Algunas de las vulneraciones más flagrantes se encubren de modo aparentemente garantista. Así, en el colmo del absurdo, dice la directiva que el extranjero al que se expulse o se interne en un centro “podrá tener asesoramiento jurídico, representación y, en su caso, asistencia lingüística”. Sólo faltaría que no pudiera. Jurídicamente, sin embargo, lo que ese precepto implica es que el extranjero también puede no tener esa asistencia jurídica ni, siquiera, un traductor. En la europa de los derechos los extranjeros sólo “podrán” tenerlos si los Estados se los reconocen…y a nadie parece importarle que la esencia misma del concepto de derecho del hombre es que se trata de garantías que se imponen frente al poder, que constituyen ese mínimo irrenunciable que ningún gobierno ha d epoder desconocer. Para los extranjeros, no.
De manera mucho más descarada, el artículo quince de la directiva permite el internamiento de los extranjeros irregulares, incluso acordado por autoridades administrativas y por un plazo de seis meses, prorrogable por otros seis. En el artículo 6 de la declaración que votaron el 26 de agosto de 1789 en París los diputados de la Asamblea Nacional francesa se recogía el derecho a no ser encarcelado sino por haber cometido un delito y con tras decisión de un juez imparcial. Ese mismo texto se plasmó luego en la declaración de los derechos humanos que aprobaron el 10 de diciembre de 1945 las Naciones Unidas. En definitiva se trata del derecho a la libertad. El mismo que reconoce el artículo 17 de la Constitución española. Gran parte de la lucha contra el absolutismo fue la lucha contra un régimen arbitrario que, respaldado por su monopolio de la fuerza, disponía libremente de la libertad de las personas. La prohibición de la arbitrariedad del poder administrativo para privar a las personas de su libertad es el punto esencial de cualquier sistema que pretenda ser siquiera aparentemente democrático. El derecho a un abogado, como el derecho a no ser encarcelado sino por la comisión de un delito y tras una decisión judicial por parte de un Tribunal independiente forman parte del “núcleo duro” de los derechos humanos. Pues bien, este mínimo no se les reconoce en la “Europa de los derechos” a quienes no tengan pasaporte europeo.
La directiva en cuestión fue una propuesta de la Comisión, aprobado por el Consejo y finalmente por el Parlamento. Es decir, todos los órganos de gobierno de la Unión Europea han dado su consentimiento. A primera vista resulta ya reprobable la idea matriz de esta nueva norma: expulsar sistemáticamente a todos los extranjeros que hayan accedido a Europa saltándose las normas de restricción de entrada en nuestros países. Es lamentable porque supone la manifestación palpable de un modelo exclusivo de riqueza en el que el bienestar es algo exclusivo de cada Estado (con independencia de que se haya alcanzado precisamente a costa de diversos modos de explotación del resto del mundo) y que se defiende frente al modo más básico de distribución de la riqueza que es la emigración. Sin embargo posiblemente haya quien pueda llegar a apoyar la medida en base a consideraciones sobre la influencia de cada propio país en su propio bienestar. Sin embargo, ahora estamos dando un paso más en hacer evidente algo que siempre ha estado más o menos oculto, y de un sistema internacional injusto pasamos a la directa negación de los derechos humanos a los extranjeros que acuden a nuetsro paises.
La construcción de un sistema económico y de riqueza propia basado en la explotación de gran parte del mundo se ha hecho sin despertar grandes escrúpulos en nuestras poblaciones, beneficiarias de este entramado. Los ciudadanos mayoritariamente no han tomado conciencia de la humanidad de este sistema: basta , de una parte, con argumentar sobre las diversas causas del hambre y el subdesarrollo en otros países (la corrupción endémica, su propia historia, su incapacidad para crear un tejido social y productivo, etc.), de otra la canalización de los escrúpulos sociales a través de lo que se conoce como “ayuda” al desarrollo. Nuestro sistema ha sido capaz de convertir en ’solidaridad’ lo que en verdad es ‘injusticia’, hasta el punto de que los colectivos más progresistas no van, a menudo, más allá de exigir que se reinviertasiete milésimas partes de nuestro presupuesto en “colaborar” con aquellos a los que empobrecemos y explotamos para enriquecernos. Sin embargo, este sistema de ocultación que tapa conciencias y nos permite seguir siendo a la vez ricos y progresistas estalla cuando los extranjeros empobrecidos llegan a nuestras ciudades. Aquí ya cabe poco maquillaje y la respuesta, definitivamente, es la negación legal y explícita de los derechos humanos de los extranjeros. Ni más, ni menos.
La generalización del desconocimiento del valor esencial como persona de los extranjeros ha crecido en poco tiempo, a pasos siempre agigantados. Primero se les negó el derecho a la libre circulación. Después el derecho a participar en las elecciones. En ambos casos, insignes juristas nos explicaron que se trata de derechos “de los ciudadanos” pero no de las personas, vinculados a la nacionalidad. No era un argumento convincente; si alguien vive y paga impuestos en un lugar, debe tener el derecho a votar y decidir allí, so pena de ser súbdito en vez de ciudadano. Sin embargo, lo aceptamos. Nos refugiamos en nuestro pasaporte mirando a los extranjeros de refilón, en el mejor de los casos, con pena disimulada. Después les negaron el derecho a manifestarse, a crear una asociación. Y ahí ya pocos fueron los que osaron atreverse a defender esa prohibición en público, pero tampoco nadie protestó. Ahora los vamos a encerrar sin juicio y sin que hayan cometido ningún delito previsto en la ley. La espiral del desprecio a la persona crece, se justifica jurídicamente y se asimila por nuestro sistema político sin que nadie ponga en duda su deriva dictatorial.
Toda sociedad en la cual no esté establecida la garantía de los derechos carece de Constitución. Los revolucionarios franceses definieron así la democracia. Un Estado en el que a una serie de personas, en razón de su origen, se le desconocen los derechos humanos y su valor intrínseco como persona, es una dictadura. No se trata de la dictadura de un fantoche militar sobre sus ciudadanos, sino de la terrible dictadura de los nacionales sobre los extranjeros, de la mayoría sobre el diferente, de los ricos sobre los miserables. Las declaraciones de derechos en las que históricamente basamos nuestra idea de libertad se han vuelto contra nosotros todos y sólo podemos mantener nuestro bienestar saltándonoslas. A medida que nuestros representantes políticos, en nuestro nombre, aprueban textos que lesionan flagrantemente la dignidad de las personas procedentes de otros países pero residentes entre nosotros, todos callamos y nos vamos convirtiendo en dictadores. No es que seamos cómplices, por nuestro silencio, sino autores mismos de este desmán. Es la sociedad europea en su conjunto, con la aceptación de un sistema económico que nos beneficia y por el miedo a que repartir la riqueza suponga empobrecernos, la que basa su existencia en una terrible dictadura. Su última manifestación, y por ahora la más evidente, es la aprobación de normas de este tipo, pero que nadie dude de que nuestro propio sistema social se ssutenta en el menosprecio sistemático de los derechos de los extranjeros. Los miserables habitantes de los países en desarrollo no tienen unos sindicatos que los defiendan frente a la explotación. Bien al contrario, las reglas del juego neoliberal lconsiguen que siempre sean los representantes de los trabajadores europeos los primeros en alzarse contra la deslocalizaciones, contra la bajada de aranceles, en definitiva contra todo lo que suponga repartir riqueza. La razón es evidente: no se puede iniciar el reparto de la riqueza precisamente por aquellos que menos tienen, es decir, empobreciendo a los obreros europeos. Pero en el sistema neoliberal imperante, no hay otra opción.
El problema, por tanto, es complejo. Tiene indudables raíces económicas y, en tanto que afecta a las relaciones intenacionales, no permite fácilmente soluciones individuales. Pero así y todo, es insostenible. Posiblemente, la necesaria Revolución Francesa de los extranjeros sólo sea posible a costa de acabar con un sistema político europeo basado en el libre comercio protegido y el beneficio empresarial como base del bienestar. Posiblemente sólo sea posible, además, con la debilitación de los Estados centralistas, revestidos de patriotismo y legitimados por la defensa del nacional frente al extranjero. Así que, sin duda, estamos hablando de una auténtica revolución, por más que éste no sea tiempo de revoluciones. Sin embargo, el número de brechas que soporta cualquier sistema interdependiente no e sinfinito. La vieja estrategia de abrir una brecha y colarse despacio por ella ha servido siemprepara destruir hasta las murallas más altas y más inalterable. Y sin duda cuando el sistema, que se dice basado en los derechos humanos, necesita vulnerar de manera explícita los derechos de los extranjeros para sobrevivir, ahí se está abriendo una brecha.
Si se rectifica, si se exige la garantía claramente los derechos del hombre (y de la mujer, evidentemente) tanto a los ciudadanos como a los extranjeros, si -en definitiva- somos valientes para exigir coherencia en lo pequeño, en lo evidente, se estará abriendo el camino para que lo menos evidente, lo más enorme, también sea coherente, y humano. En París, hace 220 años algunas personas empezamos a ser libre, ya va siendo hora de que compartamos esa misma libertad.

martes 6 de abril de 2010

Una paliza más a Manolis Glezos

Si sé de alguien a quien merezca considerarse un héroe, es sin duda Manolis Glezos.
Es un señor griego de 88 años. Cuando tenía diecionueve protagonizó el primer acto de resistencia a los nazis en Europa: arrancó la bandera nazi que los alemanes habían colocado en lo alto del partenon en Atenas. fue torturado por los nazis, pero logró escapar. Despues fue condenado a muerte hasta ocho veces por sucesivos gobiernos fascistas. Pasó once años en la cárcel.
Al volver la democracia dejó el Parlamento y como alcalde intentó un experimento de democracia directa, que funcionó diez años, en su ciudad natal. Inventó un sistema ecológico de prevenir sequías e inundaciones. En 2007, con más de ochenta años, luchó personalmente contra los incendios forestales del Peloponeso.
Hace unas semanas fue apaleado y rociado con gas en la cara por policías antidisturbios griegos mientras protestaba por las rebajas salariales a los trabajadores. Estaba en primera fila y en actitud pacífica de protesta. A consecuencia de los gases (es espectacular la imagen de su melena revuelte por la fuerza del gas) tuvo que ser ingresado en un Hospital.
La figura de Manolis Glezos es fácilmente reconocible y no sólo en sentido mefórico ni tampoco sólo por su fama (aunque en los años sesenta llegó a editarse un sello postal con su rostro...en la URSS), sino que además su físico ayuda.
Es un tipo grande, de cabellos blancos y largos. Bigote. Su discurso es radical pero sereno. No sólo mantiene la llama del antifacismo en su país, sino que  está a favor de la gente sencilla y es uno de ellos.
Grecia se permite el lujo de tener todo un héroe nacional (se le cita en todos los libros de texto de la escuela) andando por la calle y viajando en metro cada día. Y hasta se permite el lujo de que la policía lo apalee.
Los policías que lo atacaron no lo conocían (cuando los nazis torturaban a Glezos quedaban veinte años para que nacieran  y cuando estuvo en el corredor de la muerte durante el fascismo, veinte). Pero él sí sabía a lo que se arriesgaba. Es un tipo que lleva más de sesenta años jugándose la vida a diario por las cosas en las que cree. Y encima de todo, las cosas en las que cree son decentes y creíbles.
Parece que, una vez más, ha salido bien de esta y ya dejó el hospital. Seguramente, para echarse de nuevo a la calle.
A veces uno tiene unas ganas irrefrenables de irse a Paxos y poder sentarse a charlar en una taberna cualquiera con Manolis Glezos. En esos casos, lo único que el viejo luchador no aguanta es que le pidan otra vez que cuente como se subía de noche al mástil del partenón y robó la bandera de las esvástica. Dice que hace ya demasiado tiempo de aquello y defiende que no es, con mucho, lo más importante que ha hecho en su vida.
Evidentemente Manolis Glezos no es un héroe porque una noche de 1941 se jugó la vida para robar una bandera nazi. Es un héroe porque desde entonces se ha pasado sesenta años jugándosela a diario por la gente, por la justicia y por la decencia. Un grande.

miércoles 10 de marzo de 2010

XILI BRO, THE PRETTY HOMELESS

(POST EN INGLÉS, COPIA DEL QUE LE HE ESCRITO A UNA PERSONA //POST IN ENGLISH, COPY OF THE ONE I MADE FOR A FRIEND //)

I found that morning a new for you. The typical small story that you will like. It is the story of  Xili Bro, the pretty homeless.
One chinese girl that bought a new camera in the city of Ningbo was trying it outside the shop, taking pics of people passing.
She saw a homeless that she found very sexy, and took a picture of him. Actually he was looking pretty, specially for his grounge style. She took 2 pictures. Those are the pictures:

Actually, its true that he's looking pretty, a bit Johnny Deep style, as you like!
Later she hanged the two pics in a page about the camera and...suddenly she started receiving hunderts of comments.
People got a bit crazy about him and very soon he became a kind of Chinese sex-symbol.
He started being so popular, that people mad ein internet lots of games using his face as if he was a model or something like that. Here are some of those pictures, from the blog http://andreay.blog.sohu.com/ :





But this is a true story in the real China, not a movie, so during this time the boy continued in the street. By the way I'm not sure if he is actually so pretty as people think, or just in those two pictures he was, by luck, looking pretty and grounge.
In any case, because of the pics and the fame, his family recognised him. He's married,. have two kids and a very stupid mother. He escaped from that life teen years ago. Now, because of those pics, the authorities forced him to meet again the family and sent him to a psyquiatric hospital.
The Chinese government used the story as propaganda and they even took pictures of the moment when the boy meat his family in a hotel...it was taken by a chinese official news agency there you can see that he doesnt look anymore so pretty and happy:

Seems as the police forced him to go and meet the family. Look the way the mother is watching to the camera (kind of proud) and compare it with the way he does (like in jail).
Probably the conclusion is that China isnt yet a good country to be famous, because I'm sure in any other country he would be now acting in movies and publicity...by the other side, it is also possible that he's really sick and just got famous because the day of the pic he was looking so well...who knows? Something to think about!!